Flores para Ávila Camacho, 1944 | NVI Cuenca Pasar al contenido principal
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Ávila Camacho
Foto(s): Cortesía

Flores para Ávila Camacho, 1944

Antonio Ávila Galán

Se ha cambiado mi arpa en luto, 

Y mi flauta en voz de lamentadores.

JOB 30-31

 

I   MARTÍN LUCIO

 Yo te lo voy a decir porque lo viví muy de cerquita y me lo contaron mis ojos, no importa si el tiempo ya evaporó mis huesos, pero memoria mía está aquí merito, donde se anida la conciencia y nunca se pierde nada. Viví en ese pueblo de Tuxtepec, bien antes del 44, era una mujer ya grande, con Martín Lucio y dos hijas casadas. En ese tiempo nada de luz con lámpara, todo con candil de petróleo, las calles lucían bonitas porque tenían polvo y tierra, las carretas en mucho silencio llevaban la carga: el plátano, arroz, frijol y maíz; podía uno hablar con gente de un lado a otro de la calle con mucho contagio y amistad. Martín Lucio, mi hombrecito, trabajaba en campo, cargando plátano y sembrando esos plantíos; vivíamos por el Flamenco, mucha oscuridad envolvía al pueblo pero nadie se metía con gente, sus calles estaban llenas de grillos y se escuchaba el coro de las ranas; por las noches sonaba de vez en cuando un cuete lejos, en otro barrio; al otro día se conocía que habían balaceado a un cristiano, por el rumbo de la Piragua o por el Barrio Abajo. Así sucedió cuando una mañana se corrió la voz, ¡mataron en una emboscada a Ángel Grajales!; se vivió el alboroto por varios días, en las noches retumbaban las carreras de caballos y hombres agrarios, correteando a fantasmas para encontrar al que había ultimado a Grajales, por el rumbo del Castillo, cerca de su casa. Lo mismo cuando mataron a Roberto Colorado, por Los Amarillos; en ese tiempo había trifulca, la gente rica contra la pobre, yo era india entonces y todavía soy india, pero recuerdo que había pleito por las tierras en Tuxtepec. Gente tonta en verdad, porque la tierra, sólo sirve para enterrarnos cuando morimos. Como buen ranchero, indio grande y fuerte, mi Martín, cuando no quería ir al corte de plátano, se iba con anzuelo a pescar por San Bartolo o por Paso Armadillo, y en verdad que ese día comíamos sabrosas guabinas o un buen robalo, el río nos alimentaba muy bien, era ancho y limpio, parecía espejo con su claridad. En septiembre llovió muchos días en la región; llovía mañana, tarde y noche, no se quitaba un ratito el agua, parecía llave el cielo, nadie se imaginaba la creciente que vendría y que nos haría sufrir tanto. Recuerdo con mis ojos asustados, en qué forma subió el agua en las calles del pueblo. Las partes bajas, rápido se inundaron, mi esposo y yo quedamos en casa de material, por la colonia de Los Cargadores, con otras familias. Se oía que la creciente era pasajera, pero gente que sabía leer comentaba que fue un ciclón en la Sierra Juárez. Otros mencionaban que era una tromba o culebra de agua. Recuerdo bien que sufrimos mucho. El día veintitrés de septiembre, desde temprano ya el pueblo se anegaba; a donde estábamos llegaron señores con lanchas grandes, nos sacaron de la colonia de Los Cargadores, porque la casa no iba a resistir la crecida del río. Temblábamos de miedo y frío, los niños lloraban; se veía horrible esa tempestad; gritos de auxilio se escuchaban por todos lados. Nos llevaron a la parroquia, allí conocí al padre Silviano, hombre chaparrito, pero de corazón grande. Lloraba por mi Martín que no estaba conmigo, se lo habían llevado en lancha porque él quiso salvar gente de catástrofe, no lo volví a ver en inundación. Mis hijas vivían en rancho, en cerro alto, allá por Chiltepec, a ellas no les pasó nada, ni a sus hijos, ni maridos. Yo lloraba mucho en iglesia y la gente me consolaba, decía que mi marido estaba bien en otra casa. La gente gimoteaba de dolor, pasamos hambre, no dormíamos, teníamos sed, nos apretujábamos unos a otros y sin conocernos, nos dábamos abrazos para consolarnos. La corriente se escuchaba con fuerza cuando tropezaba con pared. Gritos de gentes que se iban ahogando sonaban como alaridos de lobos; también pasaban los animales muertos y se enredaban en ramas de árboles caídos. Dios nos salvó porque rezábamos todo el tiempo, hora tras hora, llorando y rezando. El padre Silviano en silencio cantaba el “Padre Nuestro”, y decía como una misa “Padre Nuestro que estás en los cielos, sálvanos Señor...”. Lo peor fue cuando bajaron las aguas, yo quería ver a Martín, mi marido bueno y chambeador. Entre lodo y animales muertos salimos todas las gentes de nuestro refugio, como sonámbulos, caminábamos en procesión por las calles. Nadie maldecía, la gente sólo lloraba, se hincaba, se quitaba la ropa para dársela a los niños que temblaban, se morían de sed y hambre. Encontré a mi Martín, pálido y enfermo, muy agotado, casi sin fuerzas, estaba metido en un tapanco, en una casa del centro del pueblo. Me avisaron que allí se encontraba. Lo saqué a empujones, caminaba con dolor, casi no podía hablar, yo lloraba a su lado, murió a las pocas horas, amarillo, con ojos grandes y labios resecos por la sed. Dicen que le pegó “el apagón”, porque tomó agua de charco. Muchos murieron igual. Las carretas se llenaban para llevar al panteón a los que morían; amontonados los conducían, yo gritaba y gritaba, sentía que el pecho se me abría, que se me salía el corazón. Casi desnuda llegué al panteón para ver por última vez a mi Martín; lo reunieron entre muchos muertos ojerosos y pálidos. El lodo había alcanzado más de un metro de altura, no se podía caminar; en el pueblo era igual, gateábamos entre el lodo, y parecíamos momias tiesas, color carne.